Y... llegan las vacaciones. Qué bien, un viajecito, unos días sin horarios, sin trabajo, sin estrés... ¿sin estrés? Resulta que las vacaciones traen OTRO tipo de estrés, el de la convivencia.
Mis padres estuvieron casados casi 25 años. Como todos los matrimonios, tenían sus más y sus menos, pero todo se terminó de estropear el día que mi padre se jubiló. Él era oficial de marina, entonces estaba mucho tiempo al alo fuera de casa. Cuando venía, después de no verlo durante 6 meses, todo era alegría y euforia. Y entonces, pasadas dos semanas aproximadamente, venía el problema: la visita de papá alteraba la rutina de la casa.
Es tristísimo que esto suceda con alguien que es uno de los pilares de la familia, pero los marinos y las esposas de los marinos (militares o cualquier otra profesión que requiera de mucho tiempo fuera del hogar) saben de lo que hablo. El hogar se va construyendo al margen de ellos, que nunca están. Cuando vuelven quieren formar parte integrante de esa familia, que es la suya, pero no terminan de encajar.
Cuando mi padre volvió para siempre, el matrimonio se resintió. Enfrentada la pareja día a día, 24 horas, 7 días a la semana les hizo confrontar quiénes eran y cómo estaba realmente esa relación. El tiempo de pareja es tiempo de diálogo, y cuando paramos un poco la rutina y podemos dedicarnos a comunicarnos con el otro, suelen aparececer crisis contenidas durante mucho mucho tiempo. ¿O no?

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