Uno de los últimos recuerdos que tengo de mis abuelos juntos es una imagen a contraluz. Mi abuela Cheche sentada en una silla de ruedas, sobrellevando un ACV. Mi abuelo, con demencia senil avanzada a sus 90 años, la contemplaba mientras se ponía el abrigo para ir a pasear. Ella ya no lo conocía tampoco. Dos extraños que habían estado casados durante más de 40 años. Allí estaban, no se recordaban aunque vivían en la misma casa. Se miraron un rato con desconfianza, como quien espera el autobús en la parada. Después, mi abuelo comenzó una conversación casual. El tiempo, el horario. Y ella, que llevaba desconectada del mundo unos meses, muda salvo para decir disparates importados de su Cuba natal, ella... respondió cabalmente y sonrió.
¿Qué se dirían? ¿Qué era lo que su lenguaje no verbal les hacía sentir? Algo entre ellos permanecía aunque ni mis abuelos lo supieran. En aquel mismo momento volvieron a elegirse, durante unos minutos, flirtearon un poco, rieron y yo me quedé muy quieta, maravillada, sin atreverme a romper la magia de aquel instante.
"¿Y usted, quién es?" le preguntó mi abuelo a su esposa eterna con ganas de que fuera su nueva novia.

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